Se reestrenó uno de los films más polémicos de la historia del cine

Espectáculos 19 de septiembre de 2021
En el caso de los cines porteños se trata de un estreno genuino. Cuando la película de Nagisa Oshima, un potente relato sobre el amour fou y las fronteras físicas del sexo.
El imperio de los sentido

En Amor y crimen (1969), cuyo extenso título original podría ser traducido como “Historias criminales grotescas con mujeres en las eras Meiji, Taishi y Showa”, el realizador Teruo Ishii –famoso por sus films pletóricos de sexo y violencia, casi siempre inseparables uno de la otra– recrea tres casos reales de mujeres homicidas. Uno de ellos, tal vez el más célebre en la historia de Japón, está dedicado a Sada Abe, una joven camarera y ex prostituta que fue hallada por la policía luego de vagar por las calles durante dos semanas con el miembro amputado de su amante – muerto luego de un juego sexual con asfixia– escondido debajo de su kimono. Corría el año 1936 y los periódicos hicieron correr ríos de tinta sobre el truculento hecho, desde ese mismo momento transformado en leyenda popular sobre los límites del amor y el deseo. Desde luego, en el film de Ishii la historia es retratada desde la ficción, pero prologando y clausurando el relato la auténtica Sada Abe, por aquel entonces una mujer sexagenaria que fallecería una década más tarde luego de varios años de reclusión, describe con las siguientes palabras los hechos ocurridos treinta y tres años antes: “Creo que una persona puede enamorarse una única vez en la vida. Pueden tenerse muchas relaciones, pero sólo es posible amar profundamente una vez”.

Amor y crimen marcó una primera vez para la historia de Abe en el cine, pero no sería la última: En 1975 Noboru Tanaka llevó a la pantalla el mismo caso en el largometraje Una mujer llamada Sada Abe, una típica producción erótica de los estudios Nikkatsu (los creadores del así llamado roman poruno) y Nobuhiko Obayashi haría lo propio en Sada en 1998, entre otras versiones posteriores. Pero la más famosa de todas las adaptaciones, a su vez la más política y lírica, logró transformarse desde el mismo momento de su estreno en el Festival de Cannes en uno de los films más polémicos de la historia del cine. Una auténtica cause célebre. El imperio de los sentidos (1976), de Nagisa Oshima (1932-2013), se está presentando en estos días en calidad de reestreno, aunque en el caso de los cines porteños se trata de un estreno genuino. Cuando el film pudo finalmente verse en nuestro país, en 1984, gracias al regreso de la democracia, el comité de calificación lo coronó con la categoría “de exhibición condicionada”, relegando sus proyecciones a las salas dedicadas al cine con tres X. Ante la inexistencia, en esos primeros meses sin censura, de lugares apropiados en la ciudad de Buenos Aires, el film de Oshima sólo pudo verse en Mar del Plata, y es posible imaginar al prototípico “valijero” de la época ansiando ver esa “porno japonesa” para terminar enfrentado en cambio con un potente relato sobre el amour fou y las fronteras físicas del sexo (y, desde luego, a un final donde la castración no es precisamente una metáfora).

No es casual que el título original de El imperio de los sentidos, Ai no corrida, describa el terreno del amor como una corrida de toros, excitante y sobrevolada por la pulsión de muerte. La historia detrás de su realización es bastante conocida, aunque la carrera previa del realizador no resulta tan familiar para el gran público. Oshima, uno de los cineastas más importantes de la nueva ola japonesa –el más político, el más rupturista, el más extremo– venía filmando películas desde 1959, abandonando los estudios Shochiku luego de dirigir Cruel historia de juventud, un relato sobre adolescentes criminales, El entierro del sol, historia de un nihilismo extremo y radical, y Noche y niebla en Japón, virulenta autocrítica desde la izquierda sobre la sociedad y la política de su país, las tres estrenadas en 1960. Ya independizado, el resto de esa década y comienzos de la siguiente lo encontraría abordando temáticas como la pena capital (Muerte por ahorcamiento, 1967), la xenofobia hacia los inmigrantes coreanos (Tres borrachos resucitados, 1968), el cine dentro del cine (El hombre que filmó su legado, 1970) o la familia como infierno (Boy, 1969; La ceremonia, 1971), por citar apenas un puñado de títulos en una carrera muy prolífica. Y ecléctica: si algo caracterizaba al cine de Oshima en aquellos años es la experimentación formal, que lo llevó a utilizar tanto el uso del plano-secuencia extendido como el montaje veloz, e incluso a producir una película de animación absolutamente atípica (Banda de ninjas, 1967).

No es extraño, entonces, que la propuesta del francés Anatole Dauman –legendario fundador de Argos Films y productor de largometrajes como Noche y niebla y El último año en Marienbad, de Alain Resnais, Masculino-Femenino de Jean-Luc Godard y Al azar Baltasar y Mouchette, de Robert Bresson– fuera bien recibida por el realizador japonés: aprovechar las nuevas libertades y la caída de las censuras para hacer una película erótica con sexo no simulado. En otras palabras, algo así como un film de arte pornográfico. La historia elegida fue precisamente la de Sada Abe, pero dejando de lado los tratados psicosexuales, el análisis criminal y el sensacionalismo para enfocarse, en cambio, en la relación física y emocional entre dos amantes. El rodaje tendría lugar en Kioto, en uno de los estudios de la gran compañía Daiei, en condiciones casi secretas. Para lograrlo, Oshima convocó al realizador Koji Wakamatsu, el único cineasta que respetaba en el terreno del pinku eiga (a grandes rasgos, el cine erótico japonés, en su caso altamente politizado), para reunir a los técnicos y el equipo artístico. Entrevistado por Página/12 en 2008, cuando estuvo de visita acompañando una retrospectiva en el Bafici, Wakamatsu afirmó que “con Oshima la relación era más profunda: durante los años 60 hubo una época en que tomábamos sake todos los días. Años después terminé produciendo su largometraje más conocido en Occidente, El imperio de los sentidos. De todas maneras, nunca me sentí parte de una generación de cineastas. Incluso voy a comentarle que, de alguna manera, Oshima, Imamura y otros realizadores relevantes eran directores de elite; yo nunca me vi de esa manera”.

Lo más difícil de todo fue conseguir al dúo de interpretes encargados de interpretar a la pareja central, Sada Abe y Kichizo Ishida. El rol femenino recayó finalmente en una joven actriz casi debutante llamada Eiko Matsuda, cuya carrera posterior no tuvo mayor relevancia, inmortalizada en la película de Oshima, y el masculino fue finalmente aceptado por el reconocido Tatsuya Fuji, cuya filmografía supera ampliamente los cien títulos. El desafío era claro: más allá de las dificultades propias de encarnar a los personajes, los actores debían entregarse a escenas de sexo no simuladas, con felaciones y penetraciones reales y sin dobles de cuerpo, en una película que casi no sale de las habitaciones de las posadas visitadas por la pareja en la ficción. Pero que, cuando lo hace, ofrece nuevos puntos de vista sobre la historia central, como esa magnífica escena en la cual Ishida, ansioso por reencontrarse con su amante, se cruza con un pelotón de soldados: la carrera militarista de Japón en los años previos a la Segunda Guerra marcha en un sentido opuesto al universo de lo íntimo, el de los actos individuales. Hacia el final del rodaje, los negativos fueron enviados a Francia, donde tuvo lugar el montaje, lejos de los ojos de la censura nipona (en el Japón de aquellos tiempos, como ahora, era legal filmar material pornográfico, pero no así distribuirlo y exhibirlo).

El resto forma parte de la historia del cine. Estrenada en el Festival de Cannes y lanzada exitosamente en salas comerciales francesas, la película sólo pudo ser exhibida en Japón en copias ostensiblemente censuradas, con grandes franjas negras ocultando vellos públicos y genitales en todas las escenas en las que fueran visibles. Es decir, en más del 80 por ciento del metraje. Cuando el guion de El imperio de los sentidos fue publicado en su país, acompañado de una serie de imágenes fijas del film, Oshima fue llevado a juicio por cargos de obscenidad, que caerían finalmente luego de un largo juicio. Acostumbrado a tocar temas delicados y polémicos, muchos de ellos tabú, Oshima declaró en ese momento que “el concepto de obscenidad es puesto a prueba cuando uno se anima a mirar algo por lo cual siente un deseo irrefrenable de observar, pero que se ha prohibido a sí mismo ver. Cuando uno siente que todo lo deseaba ver se ha revelado, la ‘obscenidad’ desaparece, como así también el tabú, y ahí aparece una cierta liberación”.

Oshima continuaría su carrera con El imperio de la pasión (1978) –película que, a pesar de su título casi homónimo, es muy diferente, en parte por sus elementos fantásticos–, la notable Furyo (1982) con David Bowie y un joven Takeshi Kitano, y Max mon amour (1986), otro título rompe tabúes. Pero ninguno de esos films, ni aquellos rodados con anterioridad –más allá de su enorme potencia, inteligencia y originalidad– lograron generar el aura de mito que rodea a El imperio de los sentidos. Dice la leyenda que Oshima intentó contactarse con la elusiva Sada Abe antes de la filmación, encontrándola finalmente en un monasterio budista. ¿Habrá visto la protagonista de la historia real la versión cinematográfica más famosa de esos hechos? Imposible saberlo. Lo cierto es que, luego de pasar poco más de cuatro años en prisión, su estatus de “mujer loca” comenzó a mutar con el correr de los años, transformada finalmente en símbolo libertario enfrentado a las normas represivas que rigen el control de los cuerpos. Tal vez el film de Oshima haya tenido algo que ver con la cristalización de esa idea. El imperio de los sentidos, que a fin de cuentas no es “una porno” sino una película que utiliza el sexo como materia prima temática, formal y estética, está nuevamente en las salas para ser (re)descubierta.

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