No aprendimos nada después de Cromagnon

El factor riesgo fue un elemento decisivo en la matriz sacrificial de cierta experiencia rockera

Si las muertes en República Cromagnon, por volumen y circunstancias, no cabían en la imaginación de nadie -aun cuando las pistas estuvieran a la mano de todos y se nos volvieran muy evidentes el día después-, el desborde de Olavarría ya estaba escrito, venía sucediendo, sólo era cuestión de tiempo hasta que se terminara de materializar.

Más allá de las noticias policiales del tiempo de los Redonditos de Ricota -de la muerte de Walter Bulacio, en 1991, a la de Jorge Ríos, en el Monumental, en 2000-, el modelo de negocio que sostuvo el Indio Solari durante su carrera solista se fue convirtiendo en algo inviable, que sólo alimentó la mística de lo excepcional, el acopio de récords y un esquema de trabajo funcional y eficiente para el plan del artista, pero muy inseguro para los miles de fanáticos que hicieron lo imposible para ir a verlo cada vez que tocó. Porque era el único recital del año. Porque siempre podía ser el último. En cada show asomó la amenaza latente de lo que se acaba.

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Solari es el inspirador de la matriz sacrificial que explotó en Cromagnon, y siempre fue un reivindicador del factor riesgo como componente esencial de la experiencia. “La cultura rock no es una cultura progresista, de todo prolijito”, decía en 2005, después de que esos pocos peligros sensatos pasaron a mayores. Aludiendo a la precariedad estructural de todo en la Argentina, agregaba: “Estamos vivos de milagro”.

Por esos días, el Indio también insistía sobre su vieja fantasía de volver a tocar en “pequeños teatros”, renunciar al gigantismo en el que se había embarcado hacía años. Pero sus seguidores, decía, no se lo permitirían, desbordarían cualquier ámbito, como si las decisiones de carrera que estaba tomando no le pertenecieran.

En el documental Tsunami. Un océano de gente, Solari deja un par de definiciones que confirman la previsibilidad de lo de Olavarría. “El sold out para mi público no existe -dice-. Si está todo vendido, van lo mismo y se arma quilombo.” Otra vez, la idea de que las condiciones dadas lo exceden, que son una fuerza natural que lo trasciende. En todo caso, si algo se desborda será culpa de los “veinte pelotudos” que vienen a arruinar la fiesta. Como si fuera posible que entre 400.000 personas no haya al menos veinte pelotudos. El asunto es el contexto que se genera para que esa minoría no defina la suerte de todos.

Para alcanzar esos volúmenes de público, además de su música -de un poder que atrae multitudes-, se necesitó que Solari estableciera un esquema de shows esporádicos en escenarios gigantescos, con sistemas de control laxos que permiten el ingreso de cualquiera, con o sin ticket. Solari ahora está enfermo y no puede sostener un ritmo intensivo de shows, pero ¿qué habría ocurrido la última década si hubiese tocado cada dos meses en distintos puntos del país? Tal vez no habría contabilizado esos récords que menciona cada vez que puede ni habría fundado la metáfora del tsunami (tan desafortunada a la luz de los hechos). Tal vez sus shows habrían sido menos riesgosos. Pero la idea, implícita o explícitamente, siempre estuvo orientada a perder la forma humana en la multitud, en el océano inabarcable. Fue un elemento constitutivo de la “misa”.

Lo que resalta de los incidentes de anteayer es la evidencia del aprendizaje nulo de la experiencia local reciente. Después de Cromagnon, después de Time Warp, después de todas las señales que fueron dejando estos años de sacrificio y rocanrol, de bengalas y sobreventa, la noche de Olavarría será, por mucho tiempo, otro colapso difícil de asimilar.

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