Faltan más de 100 horas de filmaciones de la guerra de Malvinas

Las grabaciones de los enviados de ATC fueron censuradas, sometidas a control militar, robadas o vendidas en el mercado negro. El Estado no explica qué pasó.

Fue también una guerra de imágenes y de palabras, de circulación de la información y de control de contenidos. Mientras se pregonaba el “estamos ganando”, en la sede de Argentina Televisora Color (ATC) se recortaban testimonios de soldados y se censuraban de imágenes que llegaban de Malvinas, revelan hoy, a 37 años del desembarco argentino en las islas, enviados especiales al conflicto.

Ese material, de alta sensibilidad, porque contenía por ejemplo los últimos testimonios de soldados que murieron allí, recorrió distintos caminos.

Corresponsales extranjeros obtuvieron filmaciones argentinas en el mercado negro, incluso en el momento en que se desarrollaba la guerra, según una reconstrucción realizada en la Maestría de Clarín y la Universidad de San Andrés.

Se daba entonces una contradicción: mientras la Junta Militar ejecutaba la censura, por otra vía se comercializaban imágenes que estaban bajo su dominio.

El periodista de la agencia Télam Diego Pérez Andrade, de los pocos autorizados por la Junta Militar para cubrir el conflicto, recuerda hoy que “periodistas de todo el mundo intentaron ir a las islas, pero nadie podía, porque los militares no querían que hubiera periodismo allí”. Menos testigos, más posibilidad de manipulación de la información.

Carlos Clavel, entonces subgerente del noticiero de ATC, agrega una precisión: “Con el desembarco del 2 de abril, fue mandado un equipo de filmación del Ejército y otro de la Marina, y con ellos viajaron también periodistas para apoyar los relatos”.

Según los testimonios, se llegó a la guerra sin una estrategia establecida de comunicación. Documentos secretos de la Armada, archivados en Casa Amarilla, en el barrio de La Boca, dan cuenta de la desconfianza que había de los militares hacia el periodismo local.

“Para esta campaña, deberá considerarse la permanente presión en contra de este objetivo que representan los medios masivos de comunicación social que justamente magnifican el poderío naval enemigo”, dice uno de los documentos a los que se tuvo acceso.

El rol de los enviados era clave. No existían los “periodistas incrustados”, como se conocen ahora a los reporteros que van junto a las fuerzas oficiales, con límites para realizar una cobertura independiente, pues son llevados a determinados lugares y no quedan sueltos en el terreno de los acontecimientos.

Un antecedente referido a estas coberturas especiales venía de la presidencia de Juan Carlos Onganía (1966-1970), cuando las Fuerzas Armadas realizaban cursos para acreditar corresponsales de guerra y otorgaban a los seleccionados rango militar. “Muchos de los corresponsales eran, secretamente, agentes de los servicios de inteligencia militar”, explica hoy Pérez Andrade.

Cuando comenzó la guerra, Clavel tuvo que presentarse en el Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas para negociar quiénes representarían al canal estatal en las islas Malvinas. Fue con el camarógrafo Alfredo Lamela y, juntos, lograron convencer a la cúpula militar de la necesidad de enviar a un equipo de tres personas. De inmediato, partieron hacia las islas el periodista Nicolás Kasanzew, Lamela y el ayudante Marcos Novo. Mientras que, en Buenos Aires, Clavel se convirtió en el enlace entre ATC y el Estado Mayor Conjunto.

Los medios internacionales necesitaban también imágenes exclusivas, pero no tenían acceso al lugar por órdenes de la Junta Militar argentina. El periodista Tom Shales, del Washington Post, escribió por ese entonces: “La cobertura televisiva del conflicto consistió principalmente en informes de Londres y Buenos Aires. La cadena de noticias NBC tuvo 30 personas cubriendo la historia, ABC, 37, y CBS, 35, pero nadie podía tomar ni una foto”. ¿Cómo harían entonces para obtener imágenes de cercanía al teatro de operaciones?

Los periodistas argentinos llegaron a las islas antes del primer bombardeo inglés, registrado el 1° de mayo. Hasta ahí, los corresponsales pudieron manejarse con relativa facilidad. Pero luego todo cambió: “Los medios escritos tenían prohibiciones expresas, no se podía mencionar ningún hecho de armas donde les fuera mal a las fuerzas argentinas”, cuenta Pérez Andrade.

Según el enviado de la agencia oficial de noticias, de cuyos cables se alimentaban los diarios nacionales, “empezamos a perder desde el primer día, porque prohibirnos mencionar lo mal que les iba a las tropas era prácticamente prohibirnos todo”.

La primera etapa de la censura sucedía en las islas, indican los testimonios recogidos. El capitán Fernando Rodríguez Mayo, encargado de prensa del gobernador militar de las islas Mario Benjamín Menéndez, “nos acompañaba a todos lados y nos decía qué podíamos grabar y qué no”, relata Marcos Novo, ayudante de cámara de ATC. “Nos saboteaba todas las misiones, no quería ir al frente”, añade Pérez Andrade.

A la hora de enviar el material audiovisual, los equipos de Télam y de ATC confiaban sus rollos a tripulantes de los aviones que volvían al continente.

Según Novo, en los primeros días de la guerra “venía un avión desde Comodoro Rivadavia cada dos días y les decíamos a los pilotos que nos llevaran los casetes. En Chubut los recibía un cadete de apellido Morbiducci. Luego, el transporte del material lo hacía el Ejército, hasta ATC… pero al día de hoy no sé cuánto de ese material llegó”.

Luego del primer ataque inglés, los dos equipos periodísticos acumularon nuevos materiales. En las escenas había más movimiento y más nerviosismo entre los soldados.

Esta vez, para asegurarse que tanto los rollos fotográficos como los videos llegaran a destino, decidieron que Novo los transportara personalmente hasta el continente. “Llegué a Comodoro Rivadavia en un Hércules lleno de heridos, yo era el único civil. Cargaba con dos bolsos llenos de fotos y películas, pero al aterrizar nos rodearon y me apuntaron. No entendían quién era. En ese momento entregué los bolsos, me revisaron y me dijeron que al material lo manejaban ellos”, relata sobre aquel momento determinante para la suerte de los reportes obtenidos en Malvinas.

Mientras tanto, en ATC, Clavel recibía 34 casetes de manos de un coronel de inteligencia del Ejército. Su tarea era llevar el material al Estado Mayor Conjunto para que allí lo revisaran. Clavel fue testigo de las discusiones de los distintos oficiales sobre qué imágenes debían publicarse, mientras copiaban todas las cintas. “Se grabó todo en dos rollos grandes de fílmico y cuando volví, al día siguiente, me devolvieron uno solo. Con ese material, se editó y compaginó el primer programa especial, único programa auténtico”, afirma Clavel.

El subgerente del noticiero recuerda que en los rollos perdidos “había imágenes del bombardeo al aeródromo de Puerto Argentino, testimonios de heridos y el derribo de un avión propio”. Según Novo había entrevistas de todo tipo: “Después del 1° de mayo fuimos al hospital donde estaban los heridos. Ellos querían mandar mensajes a través de la cámara, con la ilusión de que un familiar pudiera llegar a verlos”.

“El material se perdió con el tiempo. No deben llegar a 10 horas las que hay archivadas ahora. Y nosotros grabamos más de 120 horas, entre película y video. Hay que estar en la tripa de un soldado para saber si le gustaría revivir todo eso. Pero estamos hablando quizás de los últimos testimonios de los caídos”, se emociona Marcos Novo.

Imágenes vendidas

Clavel describe una situación irregular que sugiere el manejo turbio que tuvieron los materiales periodísticos producidos por los enviados argentinos a Malvinas. “Cruzando uno de los pasillos de ATC, había una pequeña sala de edición donde se encontraban dos corresponsales extranjeros, uno era de la agencia Reuters y otro de la cadena televisiva CBS. Estaban viendo lo mismo que nosotros en unos casetes que, evidentemente, les había entregado el servicio de inteligencia del Ejército; porque nada venía sin pasar por la censura”, sentencia Clavel.

Los militares que supervisaban la edición le pidieron al corresponsal de la CBS que se identificara: “Era un tal Frank Manisas”, un seudónimo del ya fallecido Frank Manikowski, quien llegó a ser jefe de la radio pública estadounidense (NPR), según constata el ex periodista del Washington Post, Tom Shales.

Novo corrobora ese modus operandi con otra anécdota: “A 20 días de volver de Malvinas, estaba haciendo una guardia en Casa de Gobierno, cuando un par de periodistas me piden que mire un noticiero de Inglaterra sobre la guerra. En las imágenes que mostraban había parte de nuestras tomas. Todavía se estaba desarrollando la guerra y eran nuestras imágenes, que no habían salido en ningún canal argentino. Ese material alguien lo entregó”, denuncia el ayudante de cámara.

Pérez Andrade refuerza esta sospecha: “Mucho de nuestro material fue robado por los militares argentinos y luego comercializado en el exterior. Cuando volvimos de la guerra, periodistas alemanes de la revista Stern nos convocaron a una habitación del Hotel Sheraton para hacernos un reportaje. Nos mostraron testimonios, fotos y videos, que rápidamente reconocimos por haberlos realizado nosotros. Existía un mercado negro de materiales generados en las islas, que por alguna vía habían llegado a manos privadas. Yo algo sabía porque alguna vez me invitaron a integrar esa cadena de corrupción, y decidí no participar”.

Rastreo inconcluso

¿Queda algo archivado? ¿Dónde están las 110 horas de filmaciones perdidas? ¿Se sabe al menos cuál fue la ruta que siguieron esos materiales que hoy tendrían valor histórico?

Las respuestas son difusas. Como devolución a un pedido de acceso a la información, el Estado Mayor Conjunto (es decir, la instancia señalada por los periodistas de Malvinas como el centro neurálgico de la cobertura noticiosa) respondió: “No existen archivos, registros o antecedentes en nuestro ámbito. Asimismo, no existen documentos que acusen recibo del material referido y, en consecuencia, del destino final del mismo”.

Quedan los testimonios de los soldados que sobrevivieron, las investigaciones periodísticas, los documentos desclasificados y los libros históricos que siguen buscando la verdad.

El arte de documentar el pasado

Por Pablo Calvo

En la obra de teatro “Campo Minado”, acaso uno de los testimonios más estremecedores sobre la guerra de Malvinas, porque lo construyen en conjunto tres viejos soldados ingleses y tres argentinos, aparecen en escena las revistas argentinas que daban espacio a mensajes triunfalistas sobre la guerra.

Uno de los actores, Lou Armour, se reconoce en una foto emblemática, la que daba cuenta de la rendición británica el día del desembarco, el 2 de abril de 1982. El oficial inglés, miembro de la Royal Marine, aparecía con las manos en alto, primero en la fila de los apuntados por el fusil del comando anfibio argentino Jacinto Batista.

Esa imagen recorrió el mundo. Pero no se quedó estática, como hubieran pretendido los propagandistas de la dictadura: Armour llegó tan humillado a Londres que pidió regresar a la guerra. Quería revancha. Y la consiguió, cuando logró embarcarse otra vez rumbo a las islas.

Lo que sucedió después nunca fue mostrado por la televisión argentina, que tenía prohibido transmitir escenas de la derrota. Armour, comando profesional, bajó a las playas, avanzó, disparó, vio agonizar a un soldado argentino entre sus brazos. Y gracias a que se animó a contarlo en la obra de teatro dirigida por Lola Arias, los argentinos pudieron conocer otra mirada sobre el drama de la guerra. No fue por las noticias manipuladas, sino gracias a la pasión por documentar el pasado y por desafiar la censura y el olvido.

Clarín

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