El día en que Bergoglio fue Francisco: 13 de marzo, 2013

Textos del libro de Ignacio Zuleta “El Papa peronista”, editado por Planeta, recientemente lanzado a las librerías.

La tarde del 13 de marzo de 2013, cuando se conoció la elección de Bergoglio como Papa, Cristina de Kirchner encabezaba una presentación en el predio de Tecnópolis. Le pasaron el dato y tuvo un momento de sinceridad ante el círculo chico que la acompañaba: «¿Será posible que tengamos tan mala suerte que justo elijan a Bergoglio como Papa?». Uno de los testigos dice haberla visto llorar. Ante el público que la escuchó esta tarde, estuvo por lo menos mezquina al decir: «Espero que tenga una labor significante y que lleve el mensaje a las grandes potencias del mundo, para que dialoguen […] Todos mis deseos de buena ventura y de buena misión pastoral para todos los habitantes del mundo. Sé que hay muchos argentinos que tienen otra religión o que piensan diferente, pero no hay ninguno que quiera queel mundo no esté mejor […] Por primera vez en la historia de la Iglesia va a haber un Papa que pertenece a Latinoamérica». La barra cristinista silbó a Bergoglio cuando Cristina lo mencionó. Con ademanes, la presidente pidió silencio.

Eduardo Valdés fue uno de los responsables del viraje de opinión. El ex funcionario de la Cancillería la escuchó, corrió a su computadora y le escribió una carta en la que le exponía cuánto más conveniente era tener de Papa a un argentino como jugador global que no tenerlo. También le reprochaba que los jóvenes que la rodeaban estuvieran haciendo escarnio de Bergoglio. Esa carta la vieron antes Rafael Bielsa, entonces directivo de la empresa Aeropuertos Argentina 2000, y Gustavo Béliz, ex ministro de Kirchner, que estaba fuera del país con un cargo en un organismo internacional. Los dos aprobaron el contenido.

Cristina, a diferencia del impío Néstor, era conservadora en materia de preceptos religiosos, como el aborto. Alzó ante todos los papas la misma bandera antiabortista que Menem. Practicaba, a diferencia de su marido, algunos ritos que revelaban una fe personal. En el resto, se sentía libre de atacar las jerarquías y encuadrar su discurso junto a los asesores oficiosos que hacían de Bergoglio un blanco predilecto.

Años más tarde, Cristina reescribiría la historia. En marzo de 2018, a los cinco años de la asunción del Papa, narró otro relato, con cambios imaginativos de tiempo y lugar: «Fue un día como hoy. Lo recuerdo perfectamente. Estaba haciéndome los rulos, y es literal. Por la mañana había trabajado en Olivos, en Jefatura de Gabinete, y ahora Maru —secador y cepillo en mano— me peinaba para ir a la Rosada. Mientras leía informes, encendí el televisor —me habían avisado que iban a anunciar el nuevo Papa—. En la pantalla aparece el inconfundible balcón del Vaticano y un cardenal muy viejito anuncia en latín: “Habemus Papam. Giorgio Marius Bergoglio”. Tomá mate con chocolate, pensé yo. Tenemos Papa. Es argentino. Y es Bergoglio. Maru, petrificada cual estatua, me pregunta: “¿Dijo Bergoglio?”. “Sí, Maru, dijo Bergoglio.” Lo llamo a mi secretario y le digo: “Nene, trae la computadora y llamalo a Olivieri”. Guillermo Olivieri, nuestro secretario de Culto durante los doce años y medio de nuestra gestión: “Guille, te mando al mail una carta de felicitación a Bergoglio para que la envíes ya al Vaticano y vos andá preparando todo lo protocolar y el viaje a Roma para la ceremonia de su consagración”. Redacté esta carta que el mismo día publiqué en las redes. En ella le expresé nuestro deseo de que su tarea pastoral fuera en pos de la justicia, la igualdad, la fraternidad y la paz. A cinco años de su pontificado, Jorge Bergoglio —que ahora es Francisco y sonríe— ha construido, en un mundo monocorde, el único liderazgo universal que alza su voz contra el neoliberalismo, un sistema que destruye vidas y descarta personas. No es poca cosa».

Jorge Capitanich —entonces gobernador del Chaco— se enteró de la elección del Papa en el avión que lo llevaba del Chaco a Buenos Aires, adonde iba a acompañar a Cristina. Ese mismo día, envió al diario Ámbito Financiero una columna de opinión que se publicó días más tarde. Marcó la línea de acercamiento a Bergoglio que después siguió el Gobierno. Capitanich era uno de los amigos del arzobispo de Buenos Aires en el gobierno. Entendió rápido la importancia para el país de tener un argentino en ese puesto. También debió percibir las consecuencias que pudo tener para el Gobierno (como para cualquier fuerza política) enfrentarse con frivolidad con este ventarrón de quien pasó, por un golpe de dados —o gracias al Espíritu Santo, según los creyentes— a ser el personaje más importante de la historia argentina nacional, con una talla equivalente a la que tiene el general San Martín en el imaginario criollo.

Capitanich visitó a Bergoglio en junio de 2013 y fue uno de los primeros funcionarios que lo saludó en Santa Marta. Era gobernador del Chaco en su segundo mandato y pocos meses más tarde asumiría la jefatura de gabinete del Gobierno de Cristina de Kirchner. En esa charla, Francisco le comentó detalles de la encíclica que estaba redactando sobre un borrador que había dejado inconcluso Benedicto XVI, con la pobreza como tema principal. Lumen Fidei se conoció un mes más tarde. «Va a ser una encíclica a cuatro manos», le adelantó Francisco en una frase que usó mucho la prensa para destacar la novedad de esa colaboración entre los dos pontífices.

Capitanich compartió en ese viaje la misa privada en Santa Marta que Bergoglio celebró con el obispo emérito de La Rioja, Fabriciano Sigampa, aquel que autorizó la instalación, en la catedral de la capital provincial, de un fresco en donde estaban representados varios gobernantes, entre ellos Carlos Menem. Después de esa misa, Capitanich fue a un desayuno con Sigampa y el Papa en el comedor de Santa Marta.

—Te hice preparar un strudel, porque vos sos montenegrino, como monseñor Ogñénovich —le dijo Francisco apenas se sentaron.

—Mire, Santo Padre —reparó Capitanich—, primero creo que Ogñénovich es croata, no montenegrino como yo, y además nosotros al pastel de manzana le llamamos «pita», no strudel.

Pasaron al turno de los regalos. El Papa recibió un libro sobre la pobreza de Bernardo Kliksberg, que va por el mundo como experto en esa peste, y una carpeta con una copia de la columna que había firmado Capitanich el día de la elección.

—Ya la leí —le dijo Francisco.

En la misma tarde, cuando se conoció la elección papal, el jefe de gabinete Juan Manuel Abal Medina estaba en otro planeta. Había aceptado la invitación de Jorge Rial, animador de televisión, para reunirse en su casa con Marcelo Tinelli. Este quería saber si el Gobierno tenía algún criterio sobre qué era más conveniente para él. Debía elegir entre varias opciones para la exhibición del programa más exitoso de la televisión argentina.

Tenía ofertas para continuar ligado a Canal 13, pero le hacían ofertas los demás canales, algunos identificados con el Gobierno, a la diferencia del 13, que peleaba en los tribunales contra la aplicación de los artículos de la demorada Ley de Medios Audiovisuales.

Mientras conversaba con los animadores, Abal recibió varios llamados de Cristina para convenir los términos del comunicado del Gobierno para saludar la elección de Francisco. También desde la casa de Rial, Abal Medina envió al canal oficialista C5N el texto con el pedido de que se destacase como una primicia. Abal Medina dice que la noticia no fue un golpe para el Gobierno ni para Cristina, y mucho menos implicaba una crisis. «Si lo hubiera sido, no me habría quedado tomando café con Tinelli y Rial.»

De esa reunión salió la relación entre Tinelli y el empresario kirchnerista Cristóbal López para asociar sus intereses en la productora Idea del Sur. Fue, según Rial, una sugerencia de Abal Medina,1 después de decirle que el Gobierno no tenía ninguna preferencia para el contrato para el espectáculo de Tinelli. Igual, ese año el programa no salió al aire. Tinelli se tomó un oportuno año sabático. En octubre de ese 2013, Sergio Massa ganó las elecciones legislativas en la provincia de Buenos Aires y precipitó el ocaso del gobierno de Cristina.

La elección papal no pareció distraer a los peronistas que esa semana se juntaron en uno de los comedores del hotel Mayorazgo de Paraná a cerrar la cumbre antisciolista de Gestar, el sello interno que había creado Néstor Kirchner y que había puesto en manos de José Luis Gioja, goberndor de San Juan. Se dejaron quizás arrastrar por el amague de la prensa que había imaginado, con apresuramiento, enojo en Olivos por la elección de Bergoglio. Eso hizo que el hecho casi no fuera mencionado en ninguno de los largos discursos que se pronunciaron ese día. Algunos de los participantes, sin embargo, habían adelantado su alegría por la elección. En el caso de Capitanich, lo hizo a través de su Twitter después de recordar una frase de su novela predilecta. En Las sandalias del pescador, de Morris West, un cardenal le dice al Papa electo (que después interpretó en el cine Anthony Quinn):

«Te espera un largo calvario, desde ahora y hasta el final de tu papado». Para Bergoglio, como para el chaqueño que ocupaba el segundo cargo detrás de Daniel Scioli en el PJ, esa imagen del Papa que vende las propiedades vaticanas para atender a los pobres estaba incorporada a su imaginario personal.

Zafamos de todo

La exaltación de los ánimos que el 13 de marzo produjo la elección del Papa Francisco arrasó con todas las agendas en la Argentina.2 Hasta ese día, permanecía en trámite de velatorio el cuerpo de Hugo Chávez y los locutores se distraían discutiendo quién heredaría su liderazgo, imaginando que lo ejercía más allá de las fronteras del Bolivariato, y ponían a Cristina de Kirchner en ese escrutinio. Ahora tenían, Espíritu Santo mediante, al nuevo líder, Jorge Bergoglio, que pasó a ser, hasta nuevo aviso, la figura más importante de la Argentina en todos los tiempos, solo por la altura de su silla y más allá de lo que haga o diga, o haya dicho o hecho. Nivel San Martín, digamos.

El nuevo Papa invitó a Cristina a la asunción y la distinguió con una reunión privada. También admitió el pedido de que la delegación argentina fuera más amplia y que no quedara limitada a los dos acompañantes que el protocolo admitía para cada mandatario que fuera a la asunción. Bergoglio, a través del ceremoniero Guillermo Karcher, le comunicó al embajador Juan Pablo Cafiero que podían sumar hasta doce acompañantes. Ese gesto fue la antesala de la fumata de Alicia Oliveira, el personaje que sirvió para que Bergoglio y la presidente firmasen una tregua. Obligó el trámite a que Oscar Parrilli abriera su despacho un sábado, donde recibió a la abogada —amiga predilecta de Bergoglio desde los años setenta— y terminó de cerrar su incorporación al viaje. No fue trivial esta decisión, porque significó una victoria del sector de Bergoglio dentro del Gobierno, que impuso su visión de que, más allá de lo anecdótico, el hecho de que el Papa fuera argentino era una oportunidad de valor inconmensurable.

En esas charlas entre Olivos y el despacho de Parrilli, hubo quien se entusiasmó y dijo: «¿Qué juez, organismo o acreedor se va a animar ahora a embargar a un país que tiene el Papa? ¡Zafamos de todo!».

Sergio Massa dice que se resolvió a ser candidato a presidente en el momento mismo en el que se enteró de que Bergoglio había sido elegido Papa: «Esto es una señal, chicos. Y hay que saber interpretarla». Jorge O’Reilly se paseaba por el mundo como el lazarillo de Massa en reuniones importantes, como las que quedaron registradas en la salidera de Wikileaks. Acompañaba las críticas que repetía su jefe, a espaldas de los Kirchner, en las que les negaba cualquier posibilidad de continuar después de 2011, y a quienes llenaba de insultos. Este asesor de Massa, a quien se le atribuía relación con el Opus Dei, había recibido en junio de 2009 en Casa de Gobierno a un grupo de inversores de Estados Unidos. Les dijo, bajo el mismo techo de Cristina de Kirchner, que «la Argentina necesita seguridad jurídica, regulatoria y legislativa». También que el Gobierno se dedicaba a «manipulaciones cortoplacistas» y que él y Massa estaban dedicados a corregir esas distorsiones».

Fuente: El Papa Peronista de Ignacio Zuleta

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