Aborto: la crisis de la política y el debate que ya es una marca de época

La fragmentación y debilidad de los partidos, disimulada con la transversalidad, terminó favoreciendo el rechazo en el Senado. Macri enfrenta el riesgo de costos por partida doble.

Por lo menos media docena de senadores expuso en el recinto lo que unos cuantos colegas disimularon con discursos menos explícitos: dijeron representar lo que quiere la mayoría de la gente de su provincia y presentaron esa presunción como pieza central de su rechazo a la interrupción voluntaria del embarazo. No se sabe cómo está medido eso socialmente y tampoco importaría si fuera cierto. Estaría naturalizado que el ejercicio de la política es básicamente correr detrás de encuestas, no dar debates, no pararse si es necesario un metro adelante o al costado de la opinión pública. Cero intención de liderazgo entendido como un camino que no exime de derrotas.

No fue la única postal. En una y otra vereda, los legisladores expusieron sus discursos –pocos, destacables- como si fueran jugadores sin equipo. Ocurrió también en Diputados, con otro resultado. Casi todos los bloques suspendieron su existencia bajo la consigna de la “libertad de conciencia” y no hubo siquiera debate en las bancadas para considerar esa salida de compromiso. Resultó cómodo. Con bloques fisurados de hecho, esa articulación entre legisladores, no entre partidos, fue definida como “transversalidad”, celebrada incluso como un fenómeno superador por muchos analistas.

La política, que venía de caminar por la cornisa en Diputados, desbarrancó en el Senado. Entre los diputados, aunque cuidando la exposición pública y de manera acotada, hubo cierto juego de referentes partidarios –radicales, peronistas, macristas- para tratar de encolumnar posiciones en base a reflexiones de orden político. En el Senado, se diluyó esa línea de trabajo, en medio además de juegos más chicos y pase de facturas dentro de los bloques. Algunos, como Gabriela Michetti, no repararon siquiera en los códigos de su cargo, algo que en Diputados al menos fue cuidado.

Por supuesto, el resultado tiñe la realidad de otro modo. El voto en el Senado definió el partido –por esta temporada legislativa- y lo hizo de la peor manera, al menos a juicio del autor de esta nota. Consagró incluso estereotipos sobre el conservadurismo de una cámara y la visión más amplia o adaptada a la época de la otra. El problema, más allá de la representación de origen, parece remitir también en este plano al punto inicial: el Senado expone uno de los primeros capítulos de la crisis política, es decir, la transformación de los partidos nacionales en una suerte de comunidad de partidos casi provinciales, atados a su jefe local.

En ese contexto, podría entonces ser intentada una primera lectura de posibles costos y beneficios. En la lista, se destacan el presidente Mauricio Macri, los partidos –empezando por el oficialismo y el peronismo- y la Iglesia Católica, sus máximas autoridades y naturalmente, el Papa, que hace rato desbordaron el plano de las creencias y esta madrugada festejaron en el barro de la política.

Macri seguramente será cuestionado, en algunos casos ya lo es, desde una franja de progresismo y del ala más dura del rechazo a la IVE, en medio de las tensiones indisimuladas con la jerarquía eclesiástica. Serían costos por partida doble, aceptados como un riesgo cierto en medios oficialistas, aunque matizados con lo que consideran un mérito que sería valorado por otras franjas sociales por haber abierto un debate frenado durante décadas y haber abierto un camino que ya no volvería a ser clausurado.

Se verá. Pero lo indisimulable es que el Presidente quedó atrapado en la lógica de su propia concepción de la política “nueva”. Más allá de los intentos reservados por sacar adelante el tema o proyectar a corto plazo alguna alternativa limitada – que en el mejor de los casos consideraría sólo la despenalización-, el juego abierto con la supuesta libertad de conciencia terminó de exponer los límites de un ejercicio que, finalmente, contribuyó a esmerilar al oficialismo.

¿Puede suponerse que todo está libre de componentes ideológicos, aún desdibujados? Esas ideologías o sustratos ideológicos, en algunos casos de avanzada y en otros conservadores, asomaron por momentos en el debate legislativo. Ayer, en el Senado, se expresaron también como reflejos bastante rústicos.

En el rubro de los partidos, las primeras miradas recaen sobre la UCR, un poco por prejuicio, exageración de su pasado y la condición que le es conferida por más de cien años de existencia. Las observaciones, también por prejuicio, suelen ser más contemplativas con el PJ.

Las apelaciones a un pasado único del radicalismo –entre liberal y, más acá, socialdemócrata- son por lo menos poco rigurosas. Hasta los manuales de historia describen, linealmente, aquellas fisuras entre yrigoyenistas y alvearistas, registran luchas internas y fracturas, miradas conservadoras y de avanzada, mucho antes del aire renovador que le sumó Alfonsín.

Podrá discutirse sobre la convivencia y tensiones entre posiciones progresistas y de derecha tradicional, pero aún así, resulta incomprensible o por lo menos a contramano de esa historia la ausencia de debate orgánico para establecer posiciones. Todos estos días mostraron esas debilidades, en medio de la laxitud más visible de Cambiemos.

En el caso del peronismo, la propia definición original como movimientista y de jefatura política fuerte y unipersonal –desdibujada fuera del poder- provocaría una mirada menos exigente en términos de partido tradicional. A eso, se sumaría el actual cuadro de divisiones, menos dramático que en otras etapas, por supuesto, pero también sin la recreación de una conducción capaz de marcar su línea. ¿Eso explicaría todo? No parece.

En el peronismo federal, la libertad de voto también fue tomada como un alivio para evitar fisuras y dejar libre de manos a los jefes provinciales aunque, lo sabe Miguel Angel Pichetto, algunos aprovecharon para cobrarse otras facturas internas. Y en el kirchnerismo, el veloz paso de bloquear el tema estando en el poder a colocarse ahora los pañuelos verdes -con aspiraciones de ser primera línea- se produjo sin explicación alguna. Esta madrugada, lo expuso Cristina Fernández de Kirchner, que además cuido mucho a la Iglesia. Y en un contrapunto implícito, lo destacó después Pichetto.

El senador peronista Miguel Angel Pichetto

En tren de sobrevolar parte de la historia, vale un capítulo que se relaciona directamente con el debate de estos días. La reforma del Código Penal que estableció de manera limitada la no punibilidad para algunos casos de aborto está por cumplir un siglo. Fue un avance para la época, algo que le da mayor dimensión al debate actual. Aquella norma fue sancionada cuando recién cumplía cinco años el voto universal, secreto y obligatorio, y ni siquiera asomaba el voto femenino: eso ocurrió tres décadas después. El contexto da una idea de lo que puede ser el ejercicio del liderazgo.

Ayer, se especuló bastante con la posibilidad de debatir un proyecto acotado estrictamente a la despenalización, sin atender el otro pilar de la IVE: la cuestión de salud pública. Aún así, ese debate parcial podría producirse en pocas semanas, cuando aterrice en el Congreso el proyecto de reforma del Código Penal. ¿Qué harían los opositores más duros? Si se extrema la posición de las “dos vidas”, hasta aquel artículo del Código debería ser revisado, no para despenalizar sino para agravarlo, para retroceder.

Algún senador advirtió cerca de la medianoche en el recinto que la discusión sobre la legalización del aborto impactará en la campaña. Habrá que ver con qué intensidad, pero como sea, de un lado y del otro descontaban que el debate ya es una marca de época. Y que la clausura del tema en el Congreso es temporal.

Infobae

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